EL MAPA LITERARIO DE BUENOS
AIRES
Un misterioso viaje de
papel
Calles, bares y plazas inspiraron algunas de las páginas más apasionadas de la literatura argentina. Aquí, los entretelones de "Al pie de la letra", un libro que devela los encantos de la ciudad como musa.
ALVARO ABOS
Partiendo de la Plaza de Mayo, donde inicié mi travesía una mañana bien temprano, subí por la avenida de Mayo y luego por Rivadavia hasta Flores (línea de la inteligencia). De allí pasé a Villa del Parque y Chacarita, y fui bajando por Corrientes hasta el Bajo (línea del corazón). Atravesé transversalmente la mano (y la ciudad) siguiendo Florida como lo hace la línea del destino, desde la muñeca hacia el nacimiento de los dedos. Ese trayecto, que corta los dos anteriores, me llevó a la Plaza San Martín e, internándome por Retiro, el Barrio Norte, la Recoleta, Palermo, los distintos Belgranos y Núñez, llegué hasta la punta norte de la ciudad (montes de Saturno, Júpiter y la Luna).
Desde Mataderos, descendí nuevamente, reproduciendo en la ciudad la línea de la vida, que en la mano bordea el monte de Venus, y en la ciudad, atraviesa, rumbo al sur, Boedo, Parque Patricios, Pompeya, Constitución, Barracas, la Boca, pasando por Catedral al Sur. Así regresé al punto de partida, la Plaza de Mayo a la que llegué, con las suelas gastadas, la cabeza febril y el corazón exaltado por las experiencias vividas, ya noche cerrada.
Cuando terminé el libro (que me llevó algunos meses escribir pero toda mi vida concebir) recordé una frase leída años atrás y olvidada. Es de Italo Calvino y dice: "La ciudad no dice su pasado pero lo contiene como las líneas de una mano." Todos los libros que he escrito tienen algo o mucho que ver con esta ciudad, y el antecedente de Al pie de la letra está en El cuarteto de Buenos Aires (1997) donde en calles, bares y domicilios, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Witold Gombrowicz y Roberto Arlt se cruzan, se acechan, se ignoran, se miran a distancia durante un día de 1942. Los cuatro reaparecen en Al pie de la letra, aunque el cuarteto se multiplicó quizás por cien. Creía saberlo todo sobre Buenos Aires y sin embargo escribir este libro me procuró muchas sorpresas: una ciudad es un complicado bosque de signos que suele ocultar más que delatar.
Roberto Arlt, por ejemplo, leído acuciosamente por viejos y nuevos lectores, ¿en qué lugar de Buenos Aires puede ser encontrado? No hay tumba (sus restos fueron cremados y las cenizas esparcidas en el Tigre), y el lugar en que murió, una pensión de la calle Olazábal, ya no existe. Resta en pie la casita de Méndez de Andés que albergó sus sueños de chico, tan pobretona hoy como lo sería a principios de siglo pero ahora mucho más desvalida porque hoy sabemos la memoria que esas paredes albergan y su desamparo nos conmueve.
Por lo menos, continúa poblada de gritos infantiles la vieja escuela General Urquiza, sobre la calle Yerbal, en una de las esquinas de la Plaza Flores, como cuando la frecuentaba -y la maldecía- cada mañana el alumno Roberto Arlt.
Hace pocos días, la memoria arltiana de la ciudad sufrió un nuevo golpe ante la indiferencia general. Cerró la librería Cafure, en Sarmiento 1685, que nada tenía que ver con la literatura de Arlt pero que era una réplica de la astrosa librería de Don Gaetano (a quien Silvio Astier llamaba Dio Fetente). Arlt había localizado el antro en la calle Lavalle; allí el protagonista de El juguete rabioso tuvo su primer trabajo. Eduardo Grossman advirtió que la librería Cafure era una réplica del lugar de la ficción, y en su reciente exposición fotográfica Grisespecesviscosos, en la que recreó escenas arltianas, situó en ese inenarrable depósito de viejos papeles su rememoración de El juguete.
Resta el Teatro del Pueblo, que cuando Roberto Arlt lo frecuentó no estaba en la Diagonal Norte sino en Corrientes al 1500, pero cuyo espíritu de resistencia se aviene con el hecho de morar en un sótano. Un lugar arltiano, a pesar de todos los cambios, es la esquina de Diagonal Norte y Suipacha donde el Rufián Melancólico, en Los lanzallamas, es abatido por unos pistoleros, en una de las escenas más duras y electrizantes de la literatura argentina. La esquina recupera en la noche su desolación urbana, ese perfil geométrico y helado que apresaron para siempre, hace más de sesenta años, las fotos de Horacio Coppola.
Hay escritores que viven en sus textos pero a los que la ciudad borra, y escritores que pueden palparse en lugares que la ciudad ha respetado: por ejemplo, Baldomero Fernández Moreno, cuya casa de Flores Sur se mantiene gallarda, aunque su situación municipal-inmobiliaria es dudosa. La Avenida de Mayo está llena de evocaciones de Baldomero: allí está uno de sus domicilios infantiles, Avenida de Mayo 1130, y sobre todo el Tortoni, al que dedicó un poema que puede leerse en la entrada del viejo café.
Para no hablar del célebre edificio de Pueyrredón y Corrientes, que el pueblo ha consagrado (vox populi, vox dei) como el motivo de "Sesenta balcones y ninguna flor", aunque los testimonios indiquen que ese poema fue en realidad inspirado por un edificio del Paseo Colón.
El viaje literario que narro en Al pie de la letra me permitió explorar algunas de las muchas ciudades superpuestas que conviven en la gran ciudad. Una de ellas es la ciudad de la sangre derramada.
Contra los muros de la antigua Penitenciaría Nacional, en la avenida Las Heras, fue fusilado Severino Di Giovanni en 1931: lo contó el cronista de El Mundo, Roberto Arlt. En el mismo lugar, en 1956, fue fusilado sin juicio Juan José Valle y esta vez fue el padre Hernán Benitez quien testimonió el crimen.
Otra herida de la ciudad de la sangre derramada se abre donde estaban los talleres Vasena, en la calle Barcalá, donde se inició la Semana Trágica (1919), visitada por la literatura de Arturo Cancela y David Viñas. El tercer ángulo de este triángulo rojo está en la esquina de Tucumán y Larrea, donde la policía mató a Emilio Jáuregui en 1969, crimen narrado y glosado en un cuento de Andrés Rivera y en un poema de Juan Gelman.
"Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y miedos", recuerda Italo Calvino. Y como en los sueños, donde la cronología es avasallada, las épocas se mezclan en las muchas ciudades que son Buenos Aires: así por ejemplo, descubrí una ruta de insania y misterio en la pacífica avenida Montes de Oca, donde, en un decrépito departamento del N 280, el descuartizador Burgos reprodujo en el cuerpo de su amante los desgarramientos de la historia: crimen pasional que inspiró varias novelas.
Otra pasión homicida la evoca, en la Plaza Colombia, el templo de Santa Felicitas; allí Enrique Ocampo mató a su amada Felicitas Guerrero y fue otra Ocampo, Victoria, quien, mucho tiempo después, desenterró esa historia sofocada por la memoria familiar y ciudadana; lo hizo tironeada entre su sangre y su feminismo.
Al 700 de Montes de Oca, escondido tras la fachada de un edificio de departamento, está el chalet secreto de J. R. Wilcock, ese misterioso escritor tan argentino que terminó trasplantado en Italia, donde Pier Paolo Pasolini lo convirtió en Caifás (en la película El Evangelio según San Mateo) y donde comparte el panteón de las plumas del siglo con Alberto Moravia y Elsa Morante. en el extremo de esa Barracas insana, entre los muros del antiguo Hospicio de las Mercedes (hoy Borda) dialogan el gran poeta Jacobo Fijman, ocupante durante veintisiete años de la cama N 13, con su doble en la ficción, Samuel Tesler, quien vive en las páginas del Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal; o se intercambian soliloquios el Ergueta de Arlt (uno de sus siete locos), aquel que hablaba con Dios en el loquero, y el poeta uruguayo Montagne, un paciente que le descubrió a su joven médico, el doctor Enrique Pichon-Rivière, la epopeya poética de otro loco sublime, Isidore Ducasse, conde de Lautréamont.
En el Parque Lezama, donde dicen que empezó esta aventura llamada Buenos Aires, danzan un tango literario Néstor Perlongher, el poeta neobarroco y gay, quien justamente tituló uno de sus libros Parque Lezama, aunque en realidad quería homenajear al Lezama de Cuba, con Oliverio Girondo, que setenta años antes que Perlongher, había descubierto allí "viejos árboles pederastas, florecidos en rosa té".
Según Calvino, una ciudad es una suma de deseos, "un todo en el que ningún deseo se pierde", y sus habitantes perseguimos toda la vida esos deseos. Y así la Galería Güemes, en el comienzo de la calle Florida, era un territorio del deseo (en sus sótanos se abría un codiciado teatro de revistas) para el larguirucho adolescente Julio Florencio Cortázar quien, a comienzos de la década del treinta, se cruzaba sin saberlo con el hosco aviador Antoine de Saint-Exupéry, inquilino de un departamento del sexto piso (hoy lo ocupa un gimnasio brasileño).
Saint-Ex, como lo llamaban sus compañeros, los ases de la Compañía Aeropostal, odiaba todas las ciudades (aunque gustaba de sus cielos y de las ciudades vistas desde el cielo) y especialmente detestaba Buenos Aires, donde estaba muy deprimido, quizás porque su única compañía era un cachorro de foca que ocupaba la bañadera. sin embargo, Saint-Ex, cuando partió de Buenos Aires luego de su año porteño, se llevó dos dones: una mujer amada (Consuelo Suncín, que aquí conoció) y un gran libro, ese Vuelo nocturno que escribió en la Galería de sus desconsuelos, y que iba a consagrarlo. Cortázar, muchos años después, en su cuento "El otro cielo", prolongó la Güemes en la parisina Galería Vivienne, para que en ambas circulara el mismo aire, el aire de la fantasía que respiran las dos ciudades de su vida.
Estos son algunos de los caminos ocultos, de los deseos anhelantes y secretos que Buenos Aires encierra y que yo he perseguido Al pie de la letra, por sus calles, parques, cafés, redacciones, templos, laberintos, estadios, hoteles, bóvedas, cloacas, y por los papeles viejos y nuevos que guardan esas memorias.